Rapto

El Arrebato, ó Rapto de los fieles, será la traslación física al cielo, en un proceso de transformación ontológica y espiritual, de aquellos que se encuentren en santidad y fieles a Cristo al momento de la Gran Tribulación. El Rapto sucederá inmediatamente después de la "primera resurrección", la de los santos del Nuevo Testamento, y antes de que comience el Gran Día de la Ira del Señor, periodo de purificación que precede al Retorno glorioso de Cristo para reinar en la tierra.

En el Rapto, los fieles serán llevados a la gloria sin pasar por la muerte, como sucedió con dos santos que fueron arrebatados en el Antiguo Testamento: Enoc (Gn 5, 24; Heb 11, 5) y Elías (2 Rey 2, 1-11). El Arrebato es un premio y un rescate, para no tener que pasar por el juicio de los castigos divinos que serán infligidos a los apóstatas y pecadores obstinados que se oponen al reinado de Cristo.

El Arrebato de los fieles –también llamado Rapto "de los santos" o "de la Iglesia"- es resultado de una intervención divina selectiva: "Entonces estarán dos en el campo, uno será tomado, y el otro será dejado. Estarán dos mujeres moliendo en un molino, una será tomada, y la otra será dejada" (Mt 24, 40).
Fue San Pablo quien dio a conocer los detalles del misterio del Rapto: "...los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes..." (1 Tes 4, 16). Una vez operado el Rapto de la Iglesia, se desatará la Ira de Dios contra los impíos, y se concluirá el plan de salvación respecto a los judíos.

San Pablo insiste en que el arrebatamiento no será solo físico, sino que conllevará un proceso de transformación que lleva a la resurrección: "No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene el último toque de trompeta; porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados para no volver a morir y nosotros seremos transformados" (I Cor 15, 51). Todos ellos, resucitados y raptados, volverán el día de la Parusía acompañando a Cristo en su retorno glorioso, al final de la Gran Tribulación, y se quedarán reinando, en representación suya, durante el milenio del Reino de Dios.

El Rapto tiene el doble propósito de premiar la virtud de los fieles, y de evitarles el sufrimiento que vendrá sobre el mundo con las plagas y juicios que Dios dejará caer sobre los operadores de iniquidad y los seguidores del anticristo cuando acontezca el "Día del Señor".

La promesa del cielo ofrecida inmerecidamente a los seguidores de Cristo constituye una fuente de esperanza, al asegurarnos que, de ser fieles a Él y sus enseñanzas, obtendremos una gloriosa recompensa de forma cierta e ineludible.

Pero, con el Rapto, en la visión de la Parusía medianera sostenida por los Padres de la Iglesia y mártires de los primeros cuatro siglos, esa esperanza se hace mayor, pues no se trata solo de la expectativa lejana del cielo, sino también de la instauración del Reino de Cristo en este mundo.

La certeza del Rapto, la primera resurrección y el reinado intrahistórico divino en la tierra nos lleva a la convicción de la victoria de Dios sobre el mal aquí y ahora, y de la restauración de la humanidad y de toda la creación en el orden presente: "la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios; porque sabemos que toda la creación gime a una, y está con dolores de parto hasta ahora" (Rm 8, 21-22).

Los evolucionistas antimilenarios, que no aceptan la intervención divina y la realización intrahistórica del Reino de Jesús, solo tienen la perspectiva de un cielo finalista y ajeno a la realidad actual concibiendo, o una humanidad fracasada por el progresivo triunfo del mal, o una victoria de la Iglesia fideista que, además de no saberla explicar, les sitúa en una creencia explícitamente condenada por el Catecismo de la Iglesia Católica.

Los antimilenistas, que inconscientemente van de la mano con la reedición moderna del gnosticismo que es la New Age, no pueden aceptar la principal corona de Cristo Rey: su reino glorioso en la tierra, salvación para unos y escándalo para otros. De aquí el enfrentamiento entre Cristo y el anticristo, la Iglesia y la anti-iglesia, el Evangelio y el anti-evangelio, la fidelidad y la traición (como la de Judas y sus seguidores). De alli el odio infernal al que se refiere el Padre Alcañiz: "Odio misterioso del infierno. Esta es la razón más profunda de todas. Ese reino terrestre es el reino del Corazón de Jesús, aquí está la verdadera clave del odio en la historia contra el reino milenario, es el odio al reino del Corazón de Jesús" (Ultimos Tiempos p.120).

Por otro lado, quienes sí aceptan el Rapto, pero situándolo como previo a la Gran Tribulación, se encontrarán con una serie de contradicciones exegéticas y una gran desilusión, pues las enseñanzas inequívocas de las Escrituras hacen ver que tendremos que sobrellevar la persecución y la prueba. Hasta después de ese crisol vendrá el rescate.

Tal vez el hecho de saber que deberemos sufrir y dar la vida por Cristo nos haga sentir temor y duda de si tendremos las fuerzas para resistir. La respuesta es que Dios nuestro Señor nos da las gracias que necesitamos día a día. Él nos otorga la fortaleza que requerimos en cada momento. Cuando llegue el tiempo de la prueba, a quienes somo débiles Él nos hará fuertes, pues en el momento de la tribulación no seremos nosotros, sino el Espíritu Santo quien actúe en nosotros. Cuanto más débiles somos, Dios es más fuerte.

Por otro lado, hay que tener frente a nuestros ojos una gran esperanza que nos puede mantener con valor y optimismo. No solamente gozaremos de un mundo renacido y luminoso en el que habrá paz, justicia y santidad verdaderas, sino que todo el orden creado será restaurado.

El cambio interior que traerá la Parusía es fruto de una transformación espiritual paragonable a un segundo Pentecostés. Dice el profeta Ezequiel: "Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas manchas y de todos vuestros ídolos os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne un corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ez 36, 25).

San Pedro describió así el efecto global de esa transformación: "Pues también conforme a su promesa esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en la cual habite la justicia" (2 Pe 3, 13).

Isaías plasmó gráficamente la situación de esta nueva bondad del Reino, que es espiritual y material: "He aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán recordados los primeros ni vendrán a la memoria; antes habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear. Me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, sin que se oiga ahí jamás lloro ni quejido. No habrá allí niño que viva pocos días ni viejo que no llene sus días, pues morir joven será morir a los cien años y el que no alcance los cien años será maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos. No edificarán para que otro habite, no ablandarán para que otro coma, pues cuanto vive un árbol vivirá mi pueblo y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos por sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvé ellos y sus retoños con ellos..." (Is 65, 17-24).

Algunos piensan que estos "cielos nuevos y tierra nueva" de los que hablan el profeta Isaías y el apóstol San Pedro, deben ser ubicados después de la resurrección universal, al fin del mundo. Sin embargo, esta interpretación es errada, pues en el cielo ya no habrá impartición de justicia, ni generación de hijos, ni muerte. Tampoco habrá necesidad de edificar casas, ni plantar viñas, ni habitarán animales como se menciona expresamente en esa promesa.

Tampoco se puede admitir una interpretación metafórica de esos cielos nuevos y tierra nueva, pues éstos, como dice el apóstol San Pedro, vendrán después de que los presentes cielos y tierra perezcan "por la palabra de Dios y por el fuego". Y como los actuales cielos y tierra, que entraron después de los cielos y tierra diluvianos, no han perecido de esa manera, se deduce que estas predicciones aún no se han cumplido.

Sobre esa transformación, que es comparable a un segundo Pentecostés, pero universal, se le reveló al P. Stefano Gobbi, místico y fundador del Movimiento Mariano Sacerdotal: "Estos son los tiempos del gran Retorno. Sí, después del tiempo del gran sufrimiento llegará un tiempo de gran renacimiento y todo reflorecerá. Jesús implantará su reino glorioso. El Espíritu Santo bajará como fuego, pero de un modo distinto al de su primera venida: será un fuego que quemará y transformará todo, que santificará y renovará la tierra desde sus cimientos. Abrirá los corazones a una nueva realidad de vida y guiará a las almas a un amor tan grande y a una santidad tan perfecta, como nunca antes se había conocido. Entonces, el Espíritu será glorificado, llevando a todos al más grande amor hacia el Padre y el Hijo" (3 de julio de 1987).

Acerca de la transformación y elevación de la naturaleza humana hay que evitar la creencia de que ésta quedará totalmente libre del influjo del mal durante el milenio, y que ya no habrá posibilidad de pecar. Esa será la condición únicamente de los santos resucitados y raptados que estarán gobernando el mundo. En los viadores, el influjo del mal se verá drásticamente disminuido, pero no suprimido.

El Arrebato de los fieles viene a ser la concreción factible de que las promesas de Dios se cumplen para quienes guardan sus mandamientos y no se dejan contaminar por la apostasía o la impiedad.

El Rapto tiene que ver con nuestro destino eterno, el cielo, y con la realización global del plan que Dios trazó para la humanidad desde el origen. Nuestros primero padres fueron creados en integridad, en santidad plena y en una relación directa e íntima de comunicación con Dios.

Adán y Eva gozaban de la plenitud paradisíaca de todos los dones sobrenaturales y preternaturales. Ese fue el plan de Dios para todos nosotros y así debió haber sido por todas las edades pero, con el engaño de Satanás, el hombre perdió la amistad con Dios y todos esos dones. El Rapto y la Parusía, traen la restauración de la naturaleza humana, el restablecimiento de los dones divinos, y la realización concreta de la promesa de que un día volveremos a recuperar la indemnidad y felicidad incorruptibles.

Desde el inicio, Dios puso enemistad entre la serpiente y una Mujer que quiso diseñar como su propia Madre. Y estableció el triunfo perentorio de la descendencia de quien sería la Madre del Verbo divino (y del propio Creador Θεοτόκος), aplastando y derrotando a la descendencia de la serpiente y de los ángeles caídos. A esa Mujer la llamó María.

Desde el mismo instante del pecado original, Dios estableció la encarnación de su Hijo Jesucristo en el seno virginal de María, al igual que su triunfo al final de los tiempos. Con su próxima nueva victoria, Dios devolverá a los hombres la santidad total, la integridad plena y todos los dones de indemnidad, estableciendo su Reino universal en el mundo como Él planeó que hubiera sido siempre.

Ese es el sentido de la Gran Tribulación y de la purificación culmen previa al Retorno glorioso de Cristo y al esplendor definitivo de Dios en el mundo. La persecución y el martirio se pueden sobrellevar si tenemos esa esperanza.

El Rapto nos asegura una gloriosa transformación, tanto de la vida del hombre como del mundo entero. Es tal la certeza del triunfo y la grandeza de la recompensa que por ello San Lucas insiste "Cuando veáis que estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28).

Dios supo librar a Noé de la ira que destruyó la primera humanidad bajo las aguas, y supo preservar a Lot de la destrucción de Sodoma, y supo rescatar a los judíos de la esclavitud en Egipto. Así sabrá Dios preservar a su Iglesia cuando venga a rescatarnos de la persecución del anticristo y, sobre todo, del terrible Día de la Ira del Señor que caerá sobre los impíos en el mundo entero.

Y porque el Rapto es un "misterio", es necesario no solamente leer y estudiar acerca de él, sino sobre todo meditar y contemplarlo en la oración, pidiendo a Dios que nos ayude a penetrar tan insondable y maravilloso arcano establecido por Él. Este es uno más de los inefables prodigios divinos que decretó para cada uno de nosotros.