El Espíritu Santo y la verdadera nueva Iglesia Featured

Nos encontramos a 44 años del asesinato del Papa Juan Pablo Primero (28 de septiembre de 1978), y a 17 años de la elección del Papa Benedicto XVI como Vicario de Cristo (19 de abril de 2005), y a 9 años de la elección de Francisco como obispo de Roma y regente del gobierno administrativo de la Iglesia (13 de marzo de 2013).

Muchos se pueden sorprender de la situación de excepción en que hemos vivido estos últimos años. Pero basta leer la historia de la Iglesia para entender que nos encontramos, más bien, ante una admirable y próxima restauración de la Iglesia, sin duda la mayor y definitiva, siendo el Espíritu Santo quien tomará directamente las riendas de la verdadera y nueva Iglesia para hacerla florecer.

El 4 de septiembre, Juan Pablo Primero fue declarado beato, pero lo más justo es reconocerlo como santo mártir, pues murió por defender heróicamente la fe.

Según el testimonio de don Germano Pattaro, consejero teológico personal del cardenal Albino Luciani, a los pocos días de ser electo Papa Juan Pablo Primero, éste ya sabía que duraría poco tiempo, que se fraguaba un complot en su contra, intuía su muerte y sabía quién sería su sucesor. Esto no es normal en un Papa recién elegido, con buena salud y de no avanzada edad. Don Germano refiere que un día el Papa le dijo: “Me siento y soy más pobre que antes. Soy el instrumento de un designio de Dios que me supera y me transciende. Por cuánto tiempo, no lo sé. Pero no será por mucho. Ya hay uno que tomará mi puesto. En el cónclave estaba sentado frente a mí”. El cardenal que estaba sentado frente a él en el Cónclave era Karol Wojtyla.

Papas asesinados dentro de la Iglesia encontramos por lo menos a seis, entre ellos al ahora beatificado Juan Pablo Primero, quien fue mandado matar por su propio Secretario de Estado, el cardenal Jean Villot, después de que el recién electo Papa le advirtiera que debía renunciar inmediatamente a la masonería.

Y es que a pocos días de la elección de Juan Pablo I, el periodista Mino Pecorelli, publicó la lista de miembros adheridos a la Logia masónica Propaganda Dos (P2), logia encubierta del Gran Oriente comandada por el gran maestre Licio Gelli. El artículo fue publicado en su revista Osservatore Politico con el título “La Gran Logia Vaticana”. En la lista de masones aparecían eclesiásticos, altos funcionarios del gobierno, generales del Ejército, miembros del Parlamento, oficiales de la policía y de los servicios secretos, jueces, propietarios de periódicos y ejecutivos de televisión, el general de Guardia Financiera Raffaele Giudice, el empresario Silvio Berlusconi, el magistrado del Tribunal Supremo Ugo Ziletti, el Ministro de Justicia Adolfo Sarti, financieros y los banqueros Michele Sindona y Roberto Calvi.

En la lista de masones aparecían 121 eclesiásticos entre los cuales los cardenales Bea, Casaroli, Villot, Bugnini, Lienart, Suenens, Dadaglio, Pappalardo, Baggio, Marcinkus y decenas de otros obispos.

Inmediatamente después de la publicación de las listas, el fiscal de Milán Pierluigi Dell’Osso ordenó un cateo en la mansión de Licio Gelli, donde efectivamente se encontraron los documentos referidos por el periodista Mino Pecorelli. Licio Gelli fue detenido a los pocos días. El periodista Mino Pecorelli fue asesinado el 21 de marzo de 1979.

A los pocos días de que Mino Pecorelli publicara “La Gran Logia Vaticana”, nombrando a encumbrados personajes adheridos a la masonería, el recién estrenado Papa Luciani le dijo al cardenal Jean Villot, secretario de Estado, que pensaba aplicar cirugía mayor. Después de larga discusión, le entregó el proyecto con los cambios que pretendía impulsar: todos los prelados masones perderían su puesto en El Vaticano y serían enviados como delegados a nunciaturas secundarias. Y agregó: “en lo que a mí concierne, mi única misión es la de no traicionar a Nuestro Señor Jesucristo, un católico adherido a la masonería está excomulgado”.

A los 32 días de la elección, el cardenal Villot, después de varias intimidaciones, discusiones y amenazas, y sabiendo que Juan Pablo I sufría de presión muy baja, ordernó que en el té que tomaba todas las noches la añadieran un potente vasodilatador. Al día siguiente el Papa amaneció muerto.

Inmediatamente se vinieron las acusaciones contra el Banco Vaticano (IOR), Monseñor Paul Marcinkus y el cardenal Agustín Bea, jesuita alemán, ambos masones, contra quienes Juan Pablo Primero había sostenido fuertes desacuerdos desde que era cardenal patriarca de Venecia a causa de la forma en que se manejaban las finanzas en el Vaticano. El agujero total de la quiebra era de $1,400 millones de dólares, y comenzaba a causar protestas de inversionistas del Jefferson Bank de Nueva York. Los banqueros de la mafia Roberto Calvi y Michele Sindona trataron de encubrir las pérdidas a través del Banco Ambrosiano, siendo El Vaticano uno de los principales accionistas. Cuando en los archivos del Ambrosiano se encontraron cartas de patrocinio firmadas por monseñor Marcinkus, El Vaticano se vio obligado a pagar a los acreedores del banco, pero ese dinero ya no existía.

La masonería eclesial trató también de matar a Juan Pablo II. El terrorista turco Ali Acca confesaría, años más tarde, que pudo ejecutar el atentado gracias a los servicios secretos búlgaros, a la Embajada de Alemania en Italia y a varios funcionarios vaticanos que desde un muy alto nivel lo ayudaron a llegar hasta la Plaza San Pedro. Ese “alto nivel”, como revelaría años después el “testigo de Roma”, eran las oficinas de los cardenales masones Bea y Casarolli. También intentaron envenenar a Juan Pablo II dos veces dentro de El Vaticano, según una revelación que el Papa hizo a un reducido grupo de obispos mexicanos en visita Ad Limina. Los eclesiásticos masones siguen hasta hoy incrustados en El Vaticano. Ese fue el plan trazado desde el siglo XVIII: en vez de enfrentar a El Vaticano desde fuera, mejor seguir la estrategia del caballo de Troya: penetrarlo y destruirlo desde dentro. Miles de jóvenes masones y marxistas, muchos agentes dobles de la KGB, ingresaron a los seminarios para hacerse sacerdotes y poder dedicarse después a destruir la fe. Esos son los obispos y cardenales que hoy hacen lo que hacen.

Por cuanto a la aparente “renuncia” del Papa Benedicto XVI la mayoría de los canonistas que estudia el tema están convencidos sobre su invalidez. En primer lugar, no existe en el Derecho Canónico la figura de un “Papa Emérito”. Sí existe, en cambio, el status del “Obispo Emérito”: al cumplir los 75 años de edad todos los obispos están obligados a presentar la renuncia a su oficio y pasan a ser “obispos eméritos”. En el caso de un Papa no existe ese status. Según los decretos papales, un Papa renunciante pierde el cargo papal y vuelve a ser lo que era anteriormente. Cuando el Papa Gregorio XII renunció, volvió a ser el cardenal Angelo Correr. Y cuando el Papa Celestino V renunció, volvió a ser el monje benedictino Pietro Murone. Adicionalmente, además de renunciar al cargo petrino, debe renunciar a todas sus dignidades y honores, cosa que Benedicto XVI no hizo.

Así está establecido en la norma expresa que regula la disciplina sobre la renuncia papal que se encuentra en la Constitución Apostólica Quoniam aliqui, que fue fijada en el Código de Derecho Canónico de 1917, y actualmente en el canon #322.2 del CDC de 1983. En el Decretal de Bonifacio VIII (in 6°), 1.1, T.7, cap. 1: De Renunciatione se lee: «renunciare valeat Papatui, eiusque oneri, et honori...". Es decir, se establece que debe renunciar explícitamente a su cargo y a todos sus honores.

Benedicto XVI tampoco usó la fórmula empleada para renunciar usada por el Papa Celestino V: «cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et dignitati, oneri, et honori» («me retiro del Papado y, expresamente, renuncio al lugar y a sus dignidades, cargas y honores»).

Por el contrario, Benedicto XVI usó por primera vez la fórmula "ministerio Episcopi Romae... commisso renuntiare" (renuncio al ministerio de Obispo de Roma). Y añadió, en el Comunicato Stampa leído por su portavoz el Padre Federico Lombardi, que continuaría con todos los honores: vistiéndose de blanco, llamándose “Papa”, con el apelativo “Su Santidad”, con el título papal Benedicto XVI, viviendo dentro de El Vaticano y conservando a su secretario personal, el Arzobispo George Gänswein. Y algo muy importante: no se destruyó el anillo del pescador, el cual indica quién tiene el cargo petrino.

Por otro lado, en el texto de su extraña “Renuncia”, señaló que no renunciaba al cargo petrino, sino solamente al ministerio de obispo de Roma, del cual deriva el gobierno administrativo de la Iglesia. Digamos que hizo, por primera vez en la historia, una distinción como la que existe en España o en el Reino Unido, en el cual existe el Rey, que lleva la potestad suprema y soberana, y el primer ministro o jefe de estado, que es quien lleva el gobierno administrativo de la nación. Aquí distinguió entre el Vicario de Cristo, que lleva el primado magisterial, y el Obispo de Roma, quien lleva el primado administrativo. Tema que dará para muchos años de reflexión canónica. En la opinión personal de este autor, esa distinción es inválida, pues crea conflicto con el papel principal y único del sucesor de Pedro.

Dice así en el texto de la renunicia de Benedicto XVI: “Permitidme aquí volver de nuevo al 19 de abril de 2005. La seriedad de la decisión reside precisamente también en el hecho de que a partir de aquel momento me comprometía siempre y para siempre con el Señor. Siempre: quien asume el ministerio petrino (munus petrinum) ya no tiene ninguna privacidad (…)
El “siempre” es también un “para siempre” –ya no existe una vuelta a lo privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca esto. (…) Ya no tengo la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración permanezco, por así decirlo, en el recinto de San Pedro (…).

Quien mejor explicó esta situación fue su secretario, el arzobispo George Gänswein, quien por casualidad fue electo también por Francico para ser su secretario. Es decir, es quien hace de puente entre los dos. El Arzobispo Gänswein dijo: “El Papa Benedicto XVI en absoluto ha abandonado el oficio de Pedro, nos encontramos ante un ministerio ampliado, una especie de estado de excepción querido por el cielo, no un Papa sino dos, uno activo y otro contemplativo”.

Adicionalmente, hay algo que parece menor pero no lo es. En su texto de renuncia incluyó varios errores gramaticales en latín, los cuales invalidan el texto pontificio. Es difícil pensar que a un teólogo y canonista de la altura de Benedicto XVI, se le hayan escapado esos errores, cuando seguramente leyó y releyó varias veces el texto de su renuncia.

En la Declaratio de la "renuncia" del Papa Benedicto XVI, tal y como fue oficialmente difundido por El Vaticano y publicado en L´Osservatore Romano, existe un solecismo muy evidente, es decir, un error sintáctico que consiste en poner de forma incorrecta los elementos de una frase.

En la parte medular de la renuncia se lee: "declaro me ministerio Episcopi Romae Successoris Sancti Petri, mihi per manus Cardinalium die 19 aprilis MMV commissum renuntiare" (en español: "yo declaro renunciar al ministerio de Obispo de Roma, sucesor de San Pedro, que me ha sido confiado por las manos de los cardenales el 19 de abril de 2005″). Esa frase es totalmente ininteligible, al contener un error gramatical, pues "commissum", que depende de "ministerio", es complemento del verbo renuntiare, por lo cual debería estar en dativo, en concordancia con él, es decir, debería decir commisso.

Ahora bien, en Derecho Canónico, todo escrito legislativo que contenga una falta de Latín es nulo. Ya el Papa San Gregorio VII (cfr. Registrum 1.33) declaró nulo un privilegio acordado a un monasterio por su predecesor Alejandro II, "en razón de la corrupción de la latinidad".

Otro ejemplo. En la epístola decretal Ad audientiam, del Papa Lucius III, que se encuentra en el cuerpo del derecho canónico (cfr. Epístolas decretales de Gregorio IX, de Rescriptis, c. XI) se establece que "la falsa latinidad invalida un rescrito papal". En ese decreto, el Papa prohibió dar crédito a cualquier documento pontificio "si contiene una falta de construcción evidente".

En conclusión, no parece que el error de Latín cometido por Benedicto XVI haya sido una indolencia, sino un propósito intencional, lo cual nos estaría hablando no solo de la nulidad absoluta del decreto pontificio, lo cual es un hecho, sino también de la presión por la que fue motivado, y de lo que proclamaría posteriormente al despedirse el 28 de febrero: que seguiría vistiendo de blanco, llamándose Papa, con el apelativo Su Santidad, con las llaves de Pedro en su escudo, firmando PP. Benedictus BXVI y portando en su mano el anillo papal que denota la autoridad pontificia.
Por otro lado, hay dos situaciones que deben ser analizadas a medida que se acerca el desenlace de los dos papas con dos ministerios. Y es la excomunión derivada del “Club Mafia” de Saint Gallo, y la situación de ser un antipapa a raíz de lo que ocurrió en el cónclave de 2013.

La última semana de septiembre de 2015, el cardenal Danneels presentó en Bruselas su autobiografía, y reconoció la existencia de un grupo de cardenales que se confabularon para controlar la sucesión de Juan Pablo II e impedir que llegara a la Silla de Pedro el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, si llegaba, qué acciones tomar para hacerlo renunciar. En la presentación, Danneels reveló que formó parte de un grupo de cardenales que ellos mismos llamaban "Club Mafia" (con los cardenales Kasper, Silvestrini, Van Luyn, Martini, Murphy-O´Connor, Lehmann, da Cruz, Husar y Hume) que obligaron a renunciar a Benedicto XVI para lograr que Jorge Mario Bergoglio llegara al papado.
Cabe resaltar que esa "mafia", conocidos entre sí como el "Grupo de Saint Gall", por la abadía suiza en que se celebraban esas reuniones, se auto excomulgó de la Iglesia, pues la constitución apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II, prohíbe las maquinaciones y acuerdos entre cardenales para influir en la elección de un Papa y las castiga con la excomunión, tanto quien realiza ese cabildeo ilegítimo, como quien acepta recibirla a su favor.
El artículo 79 dice así: "Confirmando también las prescripciones de mis Predecesores, prohíbo a quien sea, aunque tenga la dignidad de Cardenal, mientras viva el Pontífice, y sin haberlo consultado, hacer pactos sobre la elección de su Sucesor, prometer votos o tomar decisiones a este respecto en reuniones privadas".
Y en el artículo 81 se establece que esos compromisos se castigan con la excomunión latae sententiae (es decir, automática, sin necesidad de declaración por parte de nadie, ipso facto y eo ipso).
Aparte de que la renuncia del Papa Benedicto XVI fue inválida, pues éste fue sometido a presiones internacionales así como a amenazas de muerte y de cisma, y aparte del hecho de que Bergoglio y otros nueve cardenales se auto excomulgaron de la Iglesia antes del cónclave de 2013 por haber hecho cabildeo ilícito a su favor, el cónclave mismo estuvo plagado de irregularidades, las cuales, según el artículo 76 de la Constitución Universi Dominici Gregis, "la elección es nula e inválida, sin que intervenga ninguna declaración a propósito y, por lo mismo, ésta no confiere ningún derecho a la persona elegida". Es decir, por donde quiera que se le vea, Bergoglio no solo no porta el munus petrinus (que quiso conservar Benedicto XVI para sí), sino que, más bien, Francisco es el 38 antipapa en la historia de la Iglesia, siendo que el calificativo de “antipapa” lo único que revela es que hubo una irregularidad en la elección, no que necesariamente sea un eclesiástico malo. Muchos antipapas han hecho un gran bien a la Iglesia, y el primer antipapa de la historia es santo, el antipapa San Hipólito de Roma.

La narración de los hechos que lo convirtieron en antipapa: en el cónclave, la tarde del 13 de marzo, en la cuarta votación del día, aparecieron 116 votos, cuando solo había 115 cardenales en la Capilla Sixtina. Un cardenal metió una papeleta de más. Esa cuarta votación la ganó el cardenal Angelo Scola, de Milán (la misma Conferencia Episcopal Italiana emitió un boletín felicitando inmediatamente a Scola por haber sido electo Papa; esto lo replicó también instantáneamente Wikipedia). La votación se anuló indebidamente. El recién electo Papa Angelo Scola había aceptado la designación y había tomado el nombre de Juan XXIV. Pero a los pocos minutos lo hicieron renunciar: cuando el recién electo Papa se encaminaba al balcón de San Pedro para darse a conocer al mundo y a la Iglesia, un grupo de cardenales, en su mayoría alemanes y estadounidenses, se le acercó para indicarle que tenía que volver a la Capilla Sixtina, dado que la votación había tenido que ser anulada por una irregularidad: apareció una papeleta en blanco.

Ahora bien, la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis (Art. 69) establece que cuando hubiera dos papeletas dobladas como proviniendo de un mismo cardenal y tuviesen el mismo nombre o uno estuviese en blanco, se debe contar como un solo voto. Si, en cambio, lleva dos nombres diversos con la misma caligrafía, se anulan ambas papeletas y ninguno de los dos votos es válido. Pero claramente establece: "en ninguno de los dos casos se deberá anular la elección". En este caso, hubo una papeleta blanca de más, pero no se siguió lo establecido, sino que se anuló la elección, cosa que estaba expresamente prohibido.
Contraviniendo las disposiciones de la Constitución, la cuarta votación se declaró nula, obligaron al Cardenal Angelo Scola, recién electo Papa y habiendo tomado el nombre de Juan XXIV, a renunciar y regresar a la Capilla Sixtina, y se procedió a una quinta votación, en la que salió electo Jorge Mario Bergoglio.
Esa fue la segunda irregularidad del cónclave, pues la Constitución establece (Art. 63) que solo debe haber cuatro votaciones cada día, dos por la mañana y dos por la tarde.
La situación de que la designación de Bergoglio pudiese ser efectivamente inválida resulta clara si nos atenemos al artículo 76, el cual afirma claramente que: "Si la elección se llevase a cabo de forma diversa a como está prescrito en la presente Constitución o no se hubieren observado las condiciones establecidas la elección es, por ello mismo, nula e inválida, sin que intervenga ninguna declaración a propósito y, por lo mismo, ésta no confiere ningún derecho a la persona elegida". Es decir, no son válidos ni sus beatificaciones, ni sus actos magisteriales, ni sus actos administrativos (documentos, promulgaciones, excomuniones, nombramientos de cardenales, etc…).
Este cúmulo de evidencias llevó al Cardenal George Pell a declarar que Francisco bien podría ser el 38 antipapa en la historia de la Iglesia, y no el Papa 266, como la inmensa mayoría cree.
El mismo Francisco es consciente de esta situación, y sabe que es una jugada que ambos Papas están jugando conscientemente en tandem. Cada uno tiene su misión. Por ello, el mismo Francisco nunca jamás se ha llamado así mismo “Papa”, sino siempre “Obispo de Roma”, o “Padre Bergoglio”. Y se ha quitado del Anuario Pontificio los títulos de “Vicario de Cristo” o “Sucesor de Pedro”. Y Benedicto XVI sigue firmando sus documentos como PP. Benedictus XVI.
Ahora bien, nos acercamos al final de este trágico y penoso capítulo de la historia de la Iglesia. Uno se pregunta ¿y porqué Dios permite todo esto?. Y la respuesta es muy sencilla. Cuando a Jesús le sugieren cortar el trigo porque la mala hierba de la cizaña ha crecido sobre ella, nuestro Señor les dice: “déjenlas que crezcan juntas, cuando esté lista para la ciega cortarán a ambas, el trigo se irá a mis graneros y la cizaña al fuego eterno” (Mt 13, 24).
Esto es lo que Benedicto XVI ha logrado al “renunciar”: ha logrado retrasar el cisma 10 años. Y, segundo, hoy sabemos quién está de un lado y quién del otro.
Los católicos estamos ya habituados a que de Roma provengan todo tipo de herejías y se nombren en los dicasterios eclesiásticos masones y marxistas que viven y apoyan la homosexualidad, la ideología de género, y las idolatrías pachamamas. Se cumple la profecía de la Santísima Vírgen en La Salette (aprobada por la Iglesia): “Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo”.
Ante esto, los católicos adheridos al Evangelio, la Tradición y el Magisterio auténtico se han fortalecido, se han ido uniendo y se van llenando de los dones carismáticos del Espíritu Santo, como sucedió al inicio de la Iglesia. Es el resto fiel descrito en las Escrituras que cada vez se va preparando más para la victoria final. Es el Espíritu Santo que finalmente es quien conduce a su Iglesia.
Pero hay algo en lo que muchos no han pensado y para lo que conviene estar preparados.
Lo primero es el desenlace del “Papado ampliado” al que se refiere el arzobispo Gánswein. Esta situación rara de un Papa con primado magisterial (que muchos quieren destruir) y un Papa con primado administrativo (que es inválido pero bien visto por los ojos del mundo).
No hay que centrarnos ni preocuparnos en quién muera o sea matado primero de los dos Papas. Se encenderán acres discusiones por ambos lados que no van a llevar a nada.
Si muere o matan primero a Benedicto XVI se creará una situación de sede vacante, aunque la mayoría no lo vea. Si Francisco renuncia o lo nombran secretario general de una “ONU de las religiones”, podrá seguir jugando su papel, preparando la aparición pública del anticristo.
Pero en ninguno de los casos podremos tener a un verdadero Papa: a tenor del citado número de la Constitución Universi Dominici Gregis 69 “la elección es, por ello mismo, nula e inválida, sin que intervenga ninguna declaración a propósito y, por lo mismo, ésta no confiere ningún derecho a la persona elegida".
Es decir, si los cardenales nombrados por Francisco son inválidos, los que aún quedan electos por Juan Pablo II o Benedicto XVI ya no da el número suficiente de dos tercios más uno para elegir a un verdadero Papa.

En la actual situación de excepción no se reúne el número de cardenales válidos necesarios para elegir un Papa verdadero. Por lo mismo, es de esperar que se cumpla la profecía recibida por la beata Isabella Canori Mora: San Pedro elegirá directamente un verdadero Papa. Allí es donde intervendrá el Espíritu Santo para guiar a los apóstoles carismáticos de la nueva Iglesia.
Escribió así la beata italiana en 1820 : “La pequeña grey de católicos fieles, refugiada bajo los árboles en forma de cruz, fue entonces conducida a los pies del trono de San Pedro. El santo escogió al nuevo Pontífice y toda la Iglesia fue reordenada según los verdaderos dictámenes de los santos Evangelios; fueron reestablecidas las órdenes religiosas, y todas las casas de los cristianos se convirtieron en otras tantas casas penetradas de religión”.
Lo más lógico es que esa elección del cielo suceda posteriormente al martirio de Gloria olivae (Benedicto XVI) y venga el último verdadero Papa, Petrus Romanus quien, según San Malaquías, gobernará la Iglesia durante la Gran Tribulación en una situación de persecución.
El Papa San Pio X tuvo una revelación: "He tenido una visión terrible: no sé si seré yo o uno de mis sucesores, pero vi a un Papa huyendo de Roma entre los cadáveres de sus hermanos. Él se refugiará de incógnito en alguna parte”.
Es decir, según el Papa San Pio X, el verdadero Papa ya no estará en Roma, y la Iglesia volverá a catacumbas, como fue en los primeros siglos del cristianismo.
También en 1820 la beata Ana Catalina Emmerick, religiosa Agustina, tuvo una visión parecida a la de Isabella Canori ese mismo año: "Vi una fuerte oposición entre dos Papas, y vi cuan funestas serán las consecuencias de la falsa iglesia, vi que la Iglesia de Pedro será socavada por el plan de una secta. Cuando esté cerca el reino del anticristo, aparecerá una religión falsa que estará contra la unidad de Dios y de su Iglesia. Esto causará el cisma más grande que se haya visto en el mundo".

Es aquí donde hay que recordar que la Iglesia somos todos los bautizados, y que Cristo no nos abandonará ningún día hasta el fin del mundo, siendo la Iglesia guiada por el Espíritu Santo.
El resto fiel, aunque refugiado en catacumbas, sabrá quién es el verdadero Papa, vivirá los dones carismáticos del nuevo Pentecostés, y crecerá como en los primeros años del cristianismo para proclamar el inminente retorno del Rey de reyes. Sus armas, como lo visualizó San Juan Bosco: el Rosario y la Eucaristía.
Finalmente, conviene recordar la revelación que el Padre Stefano Gobbi, fundador del Movimiento Sacerdotal Mariano, tuvo al venir a México para visitar la Basílica de Guadalupe: “de México surgirá la derrota mundial de la masonería”.
No miremos más a lo que va a suceder en El Vaticano, que será doloroso y no lo vamos a entender, miremos más bien al segundo Pentecostés y a la nueva Iglesia del Espíritu Santo que se alista ya para el cercano retorno de su Señor. Nos presidirá uno de los más grandes Papas de la historia, el que preparará la Parusía, (Petrus Romanus predicho por San Malaquías).  Esa alegría y ese gozo nadie nos los podrá quitar.

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Last modified on Miércoles, 14 Septiembre 2022 20:27
José Alberto Villasana Munguía

José Alberto Villasana Munguía es escritor y analista de escenarios políticos, económicos y religiosos internacionales.

Estudió Teología (Universidad Gregoriana de Roma), Filosofía (Universidad Angelicum de Roma), Humanidades Clásicas (Centro de Estudios Superiores de Salamanca, España) y Comunicación Internacional (ITAM, México) especializándose en Escatología desde 1995.

Es Consejero Académico del Instituto Internacional de Derechos Humanos.

Es miembro directivo del Club de Periodistas de México.

Es Presidente de la asociación civil Vida para Nacer.

Ha recibido en tres ocasiones el Premio Nacional de Periodismo en categorías de Investigación de Fondo.

En 2007 fue investido Caballero de la Orden de Malta en el grado de Caballero de Gracia Magistral.

En 2022 fue certificado en el ministerio carismático católico por la Encounter School of Ministry, Parroquia de San Patricio de la Diócesis de Lansing, en Brighton, Michigan.